Oriente, en general, tiene una forma de concebir o de ver las cosas y los fenómenos de la vida primordialmente asociativa; su registro mental es muy distinto al nuestro, por menos en la antigüedad (hoy se están occidentalizando de una forma que podría ser preocupante si esa ‘globalización’ es en detrimento de su gran intuición y comprensión de lo no evidente o lógico). Se supone que esa mentalidad de tipo asociativo se dio, en primer lugar, porque en la base de todas sus filosofías y paradigmas se encuentra la Naturaleza, su respeto, su observación, y la certeza de que en ella reside un espejo en el cual mirarnos y comprendernos.

En segundo lugar, porque de alguna forma (y eso se puede ver en el Tao y otras visiones no necesariamente chinas) el concepto holográmico de que ‘todo está interconectado’ y de que ‘en cada parte está la información del Todo’, ya estaba de alguna forma impregnado en esas sociedades mayormente asiáticas desde su más remota antigüedad (por ejemplo, la ‘interconexión del todo’ es una de las bases de la medicina china y la acupuntura).

En Occidente tenemos una mente más lógica, en comparación con la mente analógica de los orientales; somos más deductivos, más lógicos y más lineales que ellos. A nosotros nos predomina el hemisferio izquierdo, mientras que a la mayoría de los orientales siempre les ha primado el hemisferio cerebral derecho; lo tienen más educado, más entrenado, lo llevan incorporado en su propia genética. No en vano ha sido en China donde ha nacido la Acupuntura y el Feng Shui, y fue en India donde se concibió el Vastu Shastra. Y una de las formas de escritura más alucinante y sintética, los ideogramas (letras únicas y complejas que expresan varias ideas y conceptos a la vez) también proceden de Oriente, algo que en el lógico Occidente sería casi inconcebible (tal vez con algunas excepciones, como es el caso de las ‘runas’ celtas y poca cosa más).

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